Un nuevo fuego se había propagado por la noche en el reactor número cuatro, rajado por unas grietas de ocho metros en la vasija que protege al reactor, y se volvió a disparar la radiactividad hasta niveles intolerables para la salud. Con el temor a que se produjera la temida fusión del reactor, los técnicos abandonaron la planta a su suerte.
Durante unas horas, Japón y el mundo contuvieron la respiración, aguardando lo que podría convertirse en un nuevo Chernóbil que liberaría sobre el cielo del archipiélago una nube tóxica consecuencias impredecibles. Pero, afortunadamente, el reactor no estalló y, tras detectarse una bajada de la radiactividad, los técnicos volvieron a la faena.
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